El amor no existe si no hay respeto
Padre pasivo, madre frustrada, hijo rebelde
Por John White
Al hablar de padre pasivo me refiero a uno que generalmente evita la confrontación con sus hijos: o bien olvida la responsabilidad que tiene de disciplinarlos y cuidarlos (que es lo más frecuente), o bien los castiga con violencia injustificada. Un padre así puede ser eficiente y exitoso en su trabajo, aparentemente cooperativo con el consejero juvenil, capaz de demostrar una increíble sensibilidad hacia las necesidades básicas de sus hijos, y sin embargo no desempeñar adecuadamente su rol como esposo y padre.
Generalmente suele estar casado con una mujer emotiva, inclinada a sospechar de sus hijos, probablemente frustrada porque su esposo no la respalda cuando enfrenta situaciones difíciles.
El señor Gomez y su esposa eran este tipo de pareja. Vinieron a consultarme respecto a su hijo varón, Adolfo, de catorce años. En nuestra primera entrevista estuvieron todos presentes: Carlos, María y Adolfo. A pesar de mi experiencia en orientación familiar, perdí el control de la entrevista desde el mismo comienzo. Durante una hora y media, Carlos, que era vicepresidente de una importante empresa, habló él solo casi exclusivamente. Me explicó que en la Argentina, donde habían vivido en una ciudad pequeña, Adolfo disfrutaba de la amistad de muchos amigos cristianos. Recién al venir al Canadá había andado en malas compañías. No encontraron en Canadá nada que se pareciera a las organizaciones vecinales que había en la Argentina. El traslado, según Carlos, había afectado más a Adolfo que a las hijas. Él entendía que este cambio, agregado a las dificultades de una nueva escuela con sistemas diferentes y un idioma desconocido, explicaba el cambio en la conducta de Adolfo.
A lo largo de la entrevista Carlos decía "nosotros" cada vez que exponía su punto de vista. "Sentimos. . .pensamos. . .estamos seguros. . ." Yo supuse que hablaba por él y por María, aunque María no daba ningún indicio de estar o no de acuerdo con todo lo que él expresaba.
Mis primeros intentos por hacer que María y Adolfo participaran de la conversación fueron inútiles. Carlos siempre tomaba la palabra por ellos. Me dijo que Adolfo había incursionado en la droga, que no disfrutaba de la compañía de los jóvenes en la iglesia, que se había emborrachado varias veces, que lo habían pescado hurtando en un negocio y que se quedaba tarde de noche en malas compañías, a pesar de que una vez había hecho profesión como cristiano. Carlos también señaló que María estaba constantemente detrás del chico, y que algunos de los problemas de Adolfo se debían a la sobreprotección de la madre. Yo me sentía algo irritado con el desarrollo de la entrevista, pero no me desagradaba escuchar a Carlos, que parecía amable y ansioso por llegar a la raíz del asunto.
Por el rabillo del ojo observaba a Adolfo, un muchacho menudo, de largo cabello negro, botas con tacos muy lustrados y vaqueros rotosos. No mostraba ningún interés por el discurso de su padre sino que miraba absorto el piso, a veces contemplándose las botas, otra comiéndose las uñas. Su padre era alto y corpulento, y su madre baja y de cabello negro, como él.
"Él levantó el cuchillo"
Ya cerca de la finalización de la entrevista, Carlos relató acerca de una manera en que Adolfo desobedecía con respecto a la hora establecida para volver a la casa. Una vez le había prohibido que saliera pero el muchacho "lo desafió".
--¿Quiere usted decir que se escapó mientras usted no lo veía?-
--No-intervino María por primera vez--, Adolfo nos dijo que ni su padre ni yo podíamos impedir que saliera si él quería hacerlo, pero mi esposo dijo que le rompería la cabeza si lo intentaba.
--¿Y qué pasó?
--Adolfo levantó un cuchillo de pan de la mesa - dijo María suavemente--, y mi esposo dejó que se marchara.
--¿Le permitió hacer eso? -pregunté volviéndome hacia Carlos, Gómez se puso incómodo.
--¿Y qué podría haber hecho?- dijo encogiéndose de hombros-
Él hubiera sido capaz de usar el cuchillo. No creo que fuera sensato enfrentarme físicamente con mi hijo.
Gómez tenía el doble de tamaño que su hijo. Repentinamente capté lo que había empezado a sospechar: ese hombre seguro, que tan fácilmente había dominado la entrevista no era más que una bolsa de viento. Me dirigí a Adolfo:
--¿Cómo te sentiste cuando tu padre se acobardó?
Por un momento el muchacho no contestó. Luego pronunció una sola palabra: "miserable".
--¿Quieres decir que deseabas que tu padre te hiciera quedar?
--No sé si es lo que quería. Pero estoy seguro de que no era lo que hizo.
--¿Qué hizo?
--Actuar como si me tuviera miedo.
-- Eso te asustó más que si hubiera perdido los estribos contigo?
--No sé. Por un momento me sentí grandioso. . .Sí, me asustó. Me descompuse. Mi padre ya no podía obligarme a nada.
Adolfo no mostraba triunfo, ni en la voz ni en la mirada, sólo una expresión de desconcierto y temor.
Carlos parecía haberse encogido. Su autoconfianza se había desvanecido. María comenzó a expresar su preocupación por el muchacho. "¡Por supuesto que estoy constantemente detrás de él! ¡Por supuesto que me encolerizó! Pero después hacemos las paces y él me dice: "te quiero, mamá", pero mi esposo no dice nada. ¡Ni siquiera habla con él!".
No se mostraban unidos
En la entrevista siguiente quedó más claro aún que Carlos, tan seguro en el trabajo y en situaciones sociales, era absolutamente pasivo en el hogar. María, que había estado callada durante la mayor parte de la entrevista, era quien tomaba las decisiones, y quien amenazaba o halagaba a los hijos y a su esposo para adaptarlos a sus propios deseos.
Pero tanto María como Adolfo necesitaban tener un esposo y un padre competente y fuerte, y ambos se sentían frustrados e incurrían en comportamientos extremos que los dañaban.
Pero aún había una causa más profunda para este conflicto. Carlos y María no se mostraban unidos entre sí ante Adolfo. María oscilaba entre renegar con su hijo y protegerlo de su padre. Carlos constantemente criticaba a su mujer y se resentía con ella. El muchacho los había distanciado y ahora se encontraba atrapado en el medio.
Al no poder ayudar a los padres a comunicarse adecuadamente entre sí, tampoco podía ayudar a resolver el problema de Adolfo. Y lo que era aún más grave, la debilidad de la pareja, que había dado origen al problema de Adolfo, ponía ahora en serio riesgo la estabilidad del propio matrimonio, en la medida en que la tensión suscitada por el comportamiento de Adolfo profundizaba el resentimiento mutuo.
Comunicación
La búsqueda de la armonía en la pareja debe ser la meta primordial en la promoción de la armonía familiar. Los chicos la necesitan tanto como el propio matrimonio. Un sector básico para la verdadera armonía es la buena comunicación. Aunque ahora el tema de la comunicación se haya vuelto una especie de manía, sigue siendo cierto que contribuye significativamente a la armonía conyugal. Decir que falla la comunicación significa que ninguno de los padres le expresa al otro cómo se siente con respecto a los hijos, qué debería hacerse, cuáles son las responsabilidades de cada uno, cuáles los problemas básicos y cuál la actitud de cada cónyuge hacia el otro.
Hay tres tipos de conflictos de comunicación entre los padres que afloran al tratar con los hijos: puede haber fallas de comunicación anteriores al problema de conducta del hijo; puede faltar un punto de vista común respecto a los problemas del hijo; y puede faltar un criterio compartido con referencia a la disciplina a aplicar en determinada situación.
Problemas de comunicación preexistentes
Para comunicarse bien en el matrimonio hacen falta dos habilidades: deben saber escuchar con atención, con una actitud comprensiva y con toda la intención de entender a su pareja, y sentirse en libertad de expresar los propios sentimientos, actitudes y perspectivas. Ambas habilidades requieren práctica.
1.- Comunicación de entrada: cómo escuchar.
"Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea, pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse", nos aconseja Santiago 1:19. Hablamos porque queremos que los otros nos entiendan, y nos impacientamos cuando ellos hablan, porque estamos seguros de que ya sabemos y entendemos lo que nos van a expresar.
1.- Comunicación de salida: cómo hablar.
Paradójicamente, a pesar de la facilidad con que brotan las palabras de nuestra boca, muchas veces al hablar no nos comunicamos. Las palabras pueden confundir. Pueden encubrir otra cosa. No digo que la ansiedad nos haga mentir, pero puede ser que nuestra turbación nazca en una necesidad inconsciente de no revelar lo más profundo de nuestro interior. No es fácil decir: "Estaba molesto contigo anoche porque no viniste a la cama cuando te lo pedía".
Resumiendo, las peleas conyugales pueden disminuir de intensidad si se siguen estas reglas:
1) Procure más entender que ser entendido, escuchar antes que hablar. Muestre interés en el punto de vista del otro.
2) Aprenda a reconocer porqué se siente mal.
3) Aprenda a expresar sus sentimientos de manera clara, simple, y no agresiva.
Estar de acuerdo con respecto al problema
Nunca es fácil reconocer al comienzo si una conducta rebelde es una fase temporaria o el preanuncio de un problema grave.
Los padres deben coincidir con respecto a asuntos tales como permisos, disciplina, deberes conyugales y una infinidad de detalles prácticos. Si no hay ningún acuerdo al respecto, y cada uno se siente disconforme con el otro por la manera en que maneja a los hijos, es importante tratar estos desacuerdos a fondo, y preferiblemente no en presencia de los hijos.
No hay nada más destructivo para la familia que tener padres con pautas y estrategias incompatibles. Los niños reconocen rápidamente las diferencias y ponen a un padre en contra del otro.
Acuerdo con respecto a la disciplina
Los padres deben mostrar un frente único ante los hijos y ser leales hasta las últimas consecuencias. Cuando Daniel pregunta, --¿Puedo salir, papá? El papá debería responder: --"Pienso que sí, pero pregúntale antes a tu madre si no necesita algo"- Si la madre ya ha negado el permiso, entonces el padre ha de agregar: --"Daniel, no tienes que venir a pedirme permiso si tu mamá ya te dijo que no. Sabes que tu mamá y yo somos un equipo unido". --
Generalmente las esposas se quejan de que a ellas les toca ser la mala de la película en lo que hace a la disciplina de sus hijos. Pero de vez en cuando me encuentro con esposos que se quejan de que sus esposas boicotean la disciplina en el hogar. El problema se agrava a causa de que tienen opiniones diferentes con respecto a lo que debería hacerse.
Los problemas tienen que sacarse a la luz y tratarse abiertamente. Si no se llega a una solución, es sano buscar un orientador en quien ambos padres puedan confiar.
A nadie le gusta ser el ogro. Todos deseamos el amor de nuestros hijos. Sin embargo debemos ser capaces de enfrentar nuestros temores, hablar acerca de ellos y superarlos. Los niños no aman a los padres que pueden ser manejados por ellos. Los desprecian. El amor no existe si no hay respeto.
Si usted piensa que alguna decisión tomada por alguno de los dos resulta inaceptable, pueden llegar a un acuerdo al respecto. Los cambios deben hacerse de manera que no deterioren la autoridad de ninguno de los dos.
La autoridad de papá no será disminuida siempre que mamá se mantenga leal a él y rechace el rol de perpetuo mediador.
CRÉDITOS:
Tomado de "Los elegidos" Vol.-- 14 Casa Editora Sudamericana. (Un artículo extraído del libro: "Padres que sufren" de John Wite-Ediciones Certeza Abua. 1990).