(Primera parte)
Papá, ¿Y yo a quien tengo que mandar?
Por Jorge Somoza
Cuando el menor de mis cinco hijos tenía seis años, cierto día se me acercó con una evidente preocupación diciendo: "Papá, a mí todos me mandan, y yo, ¿a quién tengo que mandar? Como cualquier padre que recibe semejante pregunta de un niño tan pequeño, no sabía cómo hacer para contener la risa, pero haciendo un esfuerzo para mantener la seriedad de la conversación pude responderle que, antes de mandar a otros, él tenía que aprender primero a obedecer.
¿QUE ES LA AUTORIDAD?
La Biblia presenta a la autoridad como una función derivada de la voluntad de Dios. Es dada por Dios para asegurar el orden, la paz y el bienestar. "Los que tienen autoridad son llamados bienhechores", dice Lucas (22.25). La autoridad rige con relación a lo espiritual (1Pe. 3:2), a lo humano (Ro. 13:1) y aun a lo físico (Gén. 1:28; 9:2).
El buen uso de la autoridad contribuye a controlar la conducta individual y la colectiva; por otro lado, es factor imprescindible a todos los niveles de la actividad humana.
El concepto de obediencia es inseparable del de autoridad. La autoridad es de alguno(s) sobre otro(s); alguien que manda y alguien que obedece. La autoridad debe ser bien ejercida y, en consecuencia, reconocida, respetada y obedecida.
DIOS Y LA AUTORIDAD
Dios tiene la autoridad suprema, por derecho propio, emanada de la perfección y esencia misma de su glorioso ser. Más que tener autoridad. Todo grado de autoridad que existe es sólo, dentro de la filosofía cristiana, una delegación de autoridad de parte de Dios (Ro. 13: l). Jesucristo es el Creador de todas las cosas, visibles e invisibles, y entre ellas algunas formas de autoridad tales corno tronos, dominios, principados y potestades, las cuales, además, subsisten en El. (Col. 1:15-17).
El Padre dio al Hijo autoridad para tener vida en sí mismo, para dar vida y para levantar a los muertos a la vida (Jn. 5:19-29). En este ejemplo vemos un doble concepto: la autoridad como un derecho que se tiene (tener vida) y autoridad como un derecho que se ejerce (dar vida).
GRADOS Y FORMAS DE AUTORIDAD
Una cosa es la autoridad corno función y otra el ejercicio de la misma. En su acepción más simple, autoridad significa "el permiso o libertad de hacer algo" (autoridad para hacerlo). De esta forma, autoridad es el permiso que tengo para hacer algo como derecho (derecho a mandar, derecho a caminar, derecho a hablar y opinar, etc. según la autoridad o derecho que se me haya concedido). El ejercicio de la autoridad puede requerir el auxilio de la fuerza con la que es investido quien va a ejercer la mencionada autoridad. Tenemos así el poder de la autoridad. El poseer la autoridad permite a alguien hacer algo por sí mismo o dar una orden para que se haga. La conjunción de autoridad y fuerza constituye el poder para regir o gobernar, según el ejido o limitaciones que se nos hayan concedido (los alcances geográficos de la autoridad), o sea, el poder que ejerce la persona cuya voluntad y mandamientos, deben ser obedecidos por los demás dentro de una situación definida (Ej. Mt. 21:12-
22).
Existe también la autoridad para decidir en juicio, a la que se refirió Pilato sobre la cual Jesús hizo una clarísima réplica: "Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuere dada de arriba" (Jn. 19:10-11, refiriéndose al concepto filosófico de autoridad delegada, al que hacíamos referencia al principio). También se menciona la autoridad para administrar asuntos domésticos (Mr. 13:34)
El mismo término autoridad es a veces utilizado para referirse a la persona que la ejerce (gobernantes, magistrados, Ro.13:12; Lc. 12:1 l), y por vía de una metáfora se dice, del que está en autoridad, que está en eminencia (en una posición elevada, como la altura de una montaña, Ti. 2:2), denota superioridad y excelencia.
Otro término que se utiliza es dominio o imperio, mostrando la autoridad ejercida en toda su extensión (1 Pe. 4:11; 5: 25).
No debemos dejar de recordar que en la antigüedad las autoridades debatían sus cosas a la puerta de la ciudad, lo que llevó tener a "las puertas" como símbolo de autoridad, o depósito de autoridad (Jos. 20:4; Sal. 24:7; 127:5; Pr. 1:.21).
SUJETOS DE 0 CON AUTORIDAD
El concepto suele estar asociado también al de conocimiento. Hay personas que son autoridad en su materia (una autoridad científica). La palabra de esa persona en un tema determinado fue cobrando autoridad a medida que aumentó sus conocimientos, especialización y experiencia en dicho campo.
El asombro de la gente en los tiempos de Jesús, era que El les hablaba "como quien tiene autoridad y no como los escribas" (Mr.1:22). En este caso los escribas tenían un conocimiento adquirido por la dedicación a sus tareas religiosas, pero en comparación con Jesús carecían de autoridad por no experimentar ni vivir lo que sostenían como doctrina. Jesús, en cambio, y a pesar de no haber sido reconocido como autoridad religiosa, tenía el verdadero conocimiento de Dios y todo lo que decía encontraba un apoyo en su vida perfecta. Era esta perfección de su carácter lo que otorgaba la verdadera autoridad. De aquí se desprende que la autoridad tiene que ver mucho con lo moral, aunque muchas veces sean personas sin este respaldo las que tienen su ejercicio.
Jesús, como Dios, era autoridad por su perfección moral. Pero además de ser autoridad, tenía la que le había dado su Padre (Jn.5:27). Cuando terminó la obra de redención recibió toda la autoridad en los cielos y en la tierra, aun la de la victoria sobre el pecado, la cual antes no tenía (Mt 28:18). Era una autoridad ganada por El, por sus padecimientos y obediencia hasta la muerte en la cruz (Fip. 2:9-11). Es la que proviene de la sujeción al Padre y del servicio a los demás. De los diáconos se dice que si hacen bien su obra ganan para sí un grado honroso y mucha confianza en la fe (1 Ti. 3:13). Jesús dice que dirá. "Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré" (Mt. 25:2 l). En este caso se recibe la autoridad (derecho) de estar "sobre". Es así como una persona pasa a ser sujeto de autoridad, es quien la detenta, quien la realiza, ya sea por haberla recibido, o por haberla ganado, por conocimientos, por servicio o por sujeción previa. Como su Señor, el que ha aprendido a obedecer llega a adquirir el derecho de ser obedecido.
OBJETOS BAJO AUTORIDAD
Pero si hay sujetos en los que se encuentra la autoridad, es necesario el objeto de esa autoridad. La autoridad no sería tal si no existieran los objetos a ser gobernados, guiados, dirigidos. En el marco de nuestra imperfección humana, todos necesitamos ser gobernados. Tener autoridades sobre nosotros; de lo contrario viviríamos en un caos; nosotros somos los objetos. Alguien tiene que hacer las leyes, alguien obligar a cumplirlas y alguien cumplirlas. Mi voluntad personal está condicionada por una voluntad más amplia que, además de contemplar mis propios intereses, considera también los de un conjunto (familia, iglesia, empresa, nación, etc.). Alguien tiene que supervisar por los intereses del conjunto (padre y madre, pastores y ancianos, supervisores o gerentes), dar normas y tener la fuerza para obligar a su cumplimiento, estableciendo los castigos por su incumplimiento. Cuando observamos los intereses del conjunto (incluyendo a los más fuertes o aptos y también a los débiles o menos dotados) nos damos cuenta que no basta nuestro propio sentido de responsabilidad para actuar según nuestra propia decisión. Necesitamos que alguien sea y ejerza autoridad sobre nosotros, y tal vez que se nos asigne parte de la autoridad necesaria para el bienestar del conjunto. El doble ejercicio de aceptar ser gobernado y tener algún ejercicio de autoridad, contribuye a la vez a establecer un necesario equilibrio en las relaciones generales. Aprender a obedecer primero (ser objeto de la autoridad de otros) es una regla de oro para llegar a ser un buen sujeto en ejercicio de autoridad.
DERECHOS HUMANOS
El punto anterior nos lleva a la consideración de los tan actuales derechos humanos. Queramos o no, este tema está relacionado con el de la autoridad. Hay una dignidad intrínseca a la condición humana a la que comúnmente se le llama "derechos humanos". Por causa del abuso con que muchas veces se ejerce la autoridad, existe en el mundo un clamor en favor de los derechos humanos. Es lamentable que no exista en forma similar en el mundo un clamor por los "derechos de Dios". La exaltación del hombre en desmedro de la exaltación de Dios es la generadora de los males de la humanidad. Filosóficamente hablando, el único que tiene derechos es Dios. Es el único soberano por excelencia, y desde su cosmovisión, nosotros somos sólo siervos, esclavos. No es que debamos desconocer el valor y lo digno de la vida, así como el respeto altísimo que por ella todos debemos guardar, pero sí reconocer que, delante de Dios, no tenemos derecho a nada, sólo a ser destruidos, pues eso es lo que nos hemos ganado. Es interesante la definición del Pacto de Lausana (tal vez el documento cristiano evangélico contemporáneo de más importancia), que dice: "Puesto que la humanidad está hecha a la imagen de Dios, toda persona, no importa cual sea su raza, religión, color, cultura, clase social, sexo o edad, tiene una dignidad intrínseca a causa de la cual debe ser respetada y servida, no explotada". De esta forma, todo nuestro valor reside en que somos criaturas de Dios.
Volviendo al reconocimiento de los derechos de Dios sobre la vida de cada persona y sobre la vida de cada nación, ese correcto reconocimiento es capaz, por sí mismo, de poner en su lugar debido a los llamados "derechos del hombre". Pero con el manejo actual de la situación, en vez de resolverse los conflictos existentes, se llegan a generar nuevos conflictos. Por asegurar los derechos de algunos hombres se descuidan los de otros y la sociedad humana es llevada de sobresalto en sobresalto, De paso, el único derecho que puede tener un hombre, mencionado explícitamente en la Biblia, es el "derecho de ser llamado hijo de Dios" por la fe en Jesucristo (Jn. 1:12). Mientras el hombre siga siendo un esclavo del pecado es muy poco lo que podremos hacer para garantizar su real bienestar. Cuando un hombre acepta el "derecho" de ser llamado hijo de Dios, todos sus demás derechos pasan a ser controlados por Aquél que tiene toda autoridad en los cielos y en la tierra y que puede guardar y sostener a sus hijos aun en las situaciones más adversas de la vida presente. Mientras tanto, ¡qué responsabilidad ante Dios significa para los malos gobernantes tener en poco el respeto a la vida de cada hombre y de cada mujer, ya sea por situaciones de abuso de autoridad o por impedir que el evangelio liberador de Jesucristo sea proclamado con toda libertad y extensión!
CADENAS DE AUTORIDAD
Dios mismo ha establecido diferentes secuencias o cadenas de autoridad-sujeción que rigen las relaciones interpersonales.
Dios-el mundo de los espíritus.
Dios creó seres espirituales perfectos; algunos que solamente pueden ejecutar su voluntad y designios soberanos, otros con la autonomía de la libertad. De estos últimos, algunos se rebelaron contra la autoridad y el orden establecidos por el Creador. Lucifer fue el primero (ahora el Diablo o adversario) y muchos fueron incitados por él en su caída (son ahora los demonios). Esto originó la crisis cósmica de la autoridad, que ya ha sido potencialmente resuelta por la muerte y resurrección de Jesucristo, pero que espera para su manifestación final la venida de Jesucristo en su Reino de poder y gloria universal. Notemos que el primero en rebelarse contra la autoridad fue un ángel, no un diablo. ¡Qué cerca puede estar la rebeldía en nuestro propio corazón!
Dios-hombres.
En el mundo visible Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. También lo hizo perfecto y le dio el don del libre albedrío, que Adán echó a perder y con él, por herencia, toda la raza humana, al rebelarse contra el único código de no hacer (no comer) que Dios fijó para probar su obediencia. La consecuencia de no sujetarse a la autoridad de Dios significó que entraran en el mundo el pecado y la muerte, pasando así a todos los hombres, por cuanto todos hemos pecado al estilo de Adán, ignorando la autoridad suprema de Dios sobre nuestras vidas (Ro. 5:12-21).
Marido-mujer.
Dios creó luego a la mujer, para que fuera coheredera con el hombre de la gracia de la vida (1Pe.3:7),y estableció que la mujer estuviera sujeta a su marido. La familia quedó así bajo un doble principio de autoridad: el hombre sujeto a Dios, bajo la orden de amar a su mujer como a sí mismo, y la mujer sujeta a su marido y bajo la orden de respetarlo y amarlo.
También en la esfera del matrimonio el hombre y la mujer han quebrantado sus deberes conyugales, no amando el marido con el espíritu de sacrificio debido, ni sujetándose la mujer a su marido, ciertamente porque muchas veces no recibe de él el amor que crearía las condiciones óptimas para una sujeción voluntaria y gozosa. En algunos casos, estos principios de amor y sujeción establecidos por la autoridad de Dios son no sólo descuidados, sino contradichos y hasta depreciados y burlados. Las consecuencias son nefastas para la familia: divorcios, odios, problemas psíquicos, afectación de los hijos y del orden social en general. (Ef. 5:21-33; Col. 3:18-19).
Padres-hijos
Llegan los hijos al hogar y surge la necesidad de un nuevo eslabón de autoridad. Dios manda a los hijos que obedezcan a sus padres y los honren (Ef. 6:1-3). Pero a su vez los padres reciben el mandamiento de Dios de no provocar a ira a sus hijos y de criarlos en disciplina, usando el castigo, (la vara), no para lastimarlos sino para enderezarlos, amonestarlos en el amor de Dios (Pr. 29:15; Ef. 6:4). Hay padres que abusan de su autoridad y hay hijos que se rebelan contra la autoridad, aun ejercida legítimamente por los padres. (Col. 3:20-21).
* Créditos: Jorge Somoza, Apuntes Pastorales, Vol. VII - Nº 1, págs. 6-8, Edit. Desarrollo Cristiano, 1989.